“Pintá lo que sentís.”

Todo arte nace del amorSostiene el pincel con la mano derecha y el cigarro con la izquierda. Tiene la vista perdida sobre la calle frente a su ventana. Está lloviendo y eso hace que la calle se vea hermosa. Ha pintado esa calle tantas veces que la conoce de memoria, pero de momento ni siquiera esa calle logra pintar.

Suelta el pincel sin darse cuenta, y el ruido que hace al caer lo sobresalta. Lo recoge y lo pone sobre el escritorio, tira la ceniza del cigarro y se dirige al sofá.

El lienzo en el que está trabajando sigue en blanco. Lleva tres días así. Ha dudado más de lo habitual en empezar este porque la pila de lienzos manchados ha estado incrementando tamaño de manera alarmante. Quiere estar seguro de que puede terminar este.

Respira hondo y sacude la cabeza. Antes la inspiración nacía de cualquier lugar, se dice. Aún recuerda la última pintura que nació sin esfuerzo. Que se “dejó” pintar por él. Trata de recordar cómo fue que pasó. Ese día el sol quemaba, recuerda que la luz entraba por la ventana y llenaba toda la habitación. Él había puesto el lienzo opuesto a la ventana y lanzaba trazos casi sin esfuerzo.

– ¿Cómo vas? – le preguntó ella.

– De maravilla – le respondió. – A veces me sorprendo a mí mismo. Te lo enseño en cuanto lo termine.

– Sí, mi amor. ¿Querés café?

– Sí, por favor.

Le dedicó una de esas sonrisas de “me leíste la mente” y se paró a darle un beso. Ella le acarició la mejilla y lo volvió a besar. Lo abrazó y se dirigió a la puerta.

– Terminá rápido y celebramos – le sugirió coqueta.

Él sonrió y le dio una nalgada antes de que ella lograra escabullirse por la puerta.

– ¡Ay! – saltó. – ¡Esperate que regrese! – lo amenazó riendo.

La ceniza acumulada del cigarro le cae en la mano y lo quema. Salta del sillón y se sacude la mano. Se había vuelto a quedar ido. Últimamente eso le pasaba bastante.

– Mierda. ¿Dónde están todos los ceniceros?

Silencio.

– Sí, en la repisa arriba de la cocina. Se me olvidó que los lavaste.

Silencio.

– Yo voy.

Camina hasta la cocina y toma uno de los ceniceros. Le limpia el polvo con su camisa y se ríe al recordar que está a punto de llenarlo de ceniza. Regresa al estudio y pone el cenicero en la mesa junto al sofá.

– Los ceniceros ya tienen bastante polvo. No recuerdo hace cuánto los lavaste.

Silencio.

– Probablemente tres meses, ¿no?

Silencio.

– Meses más, meses menos.

Toma el pincel de nuevo y se para frente al lienzo en blanco. Enciende otro cigarro y se atreve a dar un trazo en la tela. Por algún lado debo comenzar, piensa.

– No sé qué pintar, Sofía.

Silencio.

Levanta el pincel e intenta lanzar otro trazo, pero no se atreve.

– No entiendo, antes era tan fácil.

– ¿Quizás te hace falta un café?

– No, no es el café.

– Celebrar después, entonces – se nota la sonrisa en su voz al decirlo.

– No, tampoco es eso.

– Dibujá cualquier cosa – le dice riendo, – te aseguro que cualquier cosa que decidás pintar te va a quedar hermosa.

– No tengo miedo a hacerlo mal. No es eso tampoco.

Unos dedos se deslizan por su cuello, y por un segundo, casi está seguro que en realidad está detrás de él. Quiere darse la vuelta y verla, pero sabe que eso terminaría con esta pequeña ilusión que creo para sí.

– Dejá de retenerte. Pintá lo que querés pintar. Pintá lo que sentís.

– No puedo.

– Claro que sí.

Unos labios suaves le besan la espalda. Y los dedos que le acariciaban el cuello empiezan a deslizarse por su garganta. Tiene miedo y cierra los ojos. Está frente a él; puede sentir su respiración. Contiene la propia para evitar que el aire la evapore, pero no puede más, deja salir el aire lentamente esperanzado en que ella no se esfume. Ella lo besa en los labios y el abre los ojos. Está ahí, parada frente a él, con una sonrisa en los labios y otra en los ojos.

– Parate ahí – le indica él señalando el espacio a la derecha del lienzo, donde hay mejor iluminación.

Ella se mueve y deja al descubierto el resto de su cuerpo. Su piel parece brillar y él solo puede pensar en perlas bajo la luna.

Por el espacio de horas la dibuja, la pinta y le hace el amor, todo desde su cuadro. Cuando termina, está sudado y exhausto, tiene lágrimas secas en las mejillas y la mano le tiembla un poco.

– Tenías razón, quedó hermoso – le dice a ella mientras aprecia el cuadro.

Silencio.

– ¿Sofía?

Ya no está. Se lleva ambas manos a la cara y se fuerza a recordar que tiene mucho de no estar. Hace mucho que la dejó ir. Quiere destruir el cuadro. Toma la pintura negra con la intención de mancharlo pero no lo hace. En lugar de eso va por una manta al cajón y se acuesta en el sofá frente al cuadro, viéndolo hasta que se queda dormido.

El sol del siguiente día lo despierta. Evita ver el cuadro mientras sale del estudio y se dirige al baño. Se baña y se cambia. Toma un café y regresa por la manta al estudio. No puede evitar ver el cuadro  esta vez y se repite que es hermoso, pero no por cómo lo pintó sino por ella. Lo tapa con la manta y lo lleva a la bodega, pero se detiene a medio camino.

– Quizás si… – se dice a sí mismo.

Corre al espejo y se arregla el pelo. No se ve demasiado mal. La ropa está limpia. Los ojos están menos ajados. La sonrisa está más sincera. Toma las llaves del carro y afianza el cuadro bajo su brazo. Y sale por la puerta a la calle, con toda la confianza que su corazón le puede permitir. Quizás ella también entienda si ve el cuadro, se dice sonriente.

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