La verdad en sus ojos

La manera en que sus ojos brillaban aun en la profunda oscuridad de mi habitación me dejaba sin aliento. Era imposible ver dentro de esos ojos y pensar en algo que no fuera en ella. Era como si antes de conocerla yo jamás hubiera experimentado el amor, o qué digo el amor, la felicidad siquiera.

– ¿En qué pensás? – me preguntó, clavándome la mirada de una manera que me forzó a respirar hondo antes de contestar por miedo a perderme en ella.

– En nada – le mentí.

– Ajá, ¿me vas a decir que es cierto eso de que los hombres pueden no pensar en nada? – bromeó.

– Pues la verdad es cierto. A veces somos capaces de entrar en modo vegetal. Solo existimos.

– Ah, ¿en serio? ¿Entonces por qué me veías tan fijamente?

El lado izquierdo de su boca se curvó en una sonrisa maliciosa con la que me decía que no me creía ni una palabra. Me incorporé sobre el costado y le tomé la mejilla con mi mano derecha. Tenía una piel tan lisa que mis dedos apenas si encontraban tracción en ella. Mi mano siempre empezaba en algún lugar seguro como su mejilla o su hombro, y terminaba deslizándose por todo su cuerpo sin que yo pudiera ejercer control alguno. Por eso tuve que esforzarme mucho por mantenerla quieta ahí, donde la necesitaba.

– Pensaba en tus ojos – le susurré.

– Qué tierno. Eso también me sabe a mentira – me respondió en voz baja.

– Pues no lo es, pero tampoco es toda la verdad.

– ¿Ah no?

– No. También me preguntaba si alguna vez me he sentido así de feliz.

Me obsequió una sonrisa completa y me besó.

– ¿Todas tus mentiras son siempre tan bonitas?

Era siempre así con ella. No importa qué fuera lo que dijera, siempre terminaba catalogándolo de mentira. Pero yo sabía que era porque no le gustaba tomarse nada muy en serio, aunque en el fondo me creyera. La suya era una capa de cinismo que la protegía del mundo, que la protegía de mí especialmente.

– Está bien – le concedí – pensaba en que me gustaría mucho volver a hacerlo con vos.

– Los hombres son todos unos sucios.

Se rió de mi cara de perplejidad, me empujó sobre mi espalda y se sentó en la parte baja de mi abdomen.

– ¿Qué puede hacer una pobre chica romántica ante hombres tan toscos? – espetó – Creo que solo queda darles lo que quieren ¿no?

Entrelacé mis brazos atrás de su espalda y la jalé hacía mi pecho. Hicimos el amor como solo se puede hacer cuando uno apaga el cerebro. Para hacer el amor de verdad uno no tiene que pensar en lo que está haciendo, solo tiene que sentir. Me gusta pensar que en esos momentos aún ella se dejaba llevar y se encargaba solo de sentir, pero quién sabe. Quizás hasta entonces ella calculaba mis movimientos y los catalogaba entre reales o falsos. Parecía que lo único que podía aceptar de mí fuera aquello que era primitivo, aquello que no pudiera pasar por mis filtros primero. Y en eso le puedo dar un poco de razón ahora, porque yo tengo demasiados filtros.

Después de hacerlo por tercera vez en lo que iba del día se levantó de la cama y encendió uno de mis cigarros. Ella no fumaba cuando estaba sola, pero al estar conmigo siempre parecía fumar más que yo.

– ¿Querés uno? – me ofreció.

– Sí, por favor.

Abrió la ventana del cuarto sin correr la cortina y nos sentamos en la cama apoyando nuestras espaldas contra el cabezal. Yo siempre mantenía un cenicero en cada habitación de la casa así que tomamos el que había en el cuarto y lo pusimos frente a nosotros. Siempre hacíamos este ejercicio de azar y yo me preguntaba cuánto tiempo más pasaría hasta que por fin quemáramos el colchón. Pero de cierta manera yo vivía para estos momentos, y ni una marca negra en la cama les apagaría el color.

– ¿Vos creés en el amor? – me preguntó.

– Pues no creo que sea algo en lo que se pueda creer. Existe, nos guste o no.

– Sí, pero me refiero al amor romántico que te venden en todos lados. ¿Creés en ese amor o entendés que el amor no es más que un montón de reacciones químicas en el cerebro que le dicen a tu cuerpo que debe de reproducirse?

Me quedé pensando en ello durante unos minutos porque sabía que esta plática iba hacía algún lado, no estábamos hablando solo por hablar.

– Creo que las hormonas solo pueden hacer ciertas cosas en la gente, y que las cosas que esas hormonas no pueden hacer, son las cosas que de verdad definen al amor.

– ¿Como hacer cosas tediosas por ellos?, ¿como ir de compras con ellos, cocinarles o cuidarlos cuando están enfermos, por ejemplo?

– Sí, de cierta manera – acepté.

– Yo creo que aún eso es un acto egoísta. Querés a esa persona junto a ti, así que hacés todas esas cosas para que siga allí.

– Sí, es cierto, pero aún si es un acto egoísta, es un acto dirigido a una sola persona ¿no? Si pensamos que todo lo que hacemos es debido a las hormonas y a nuestras propias necesidades, entonces ¿por qué nos dedicaríamos tanto a una sola persona?

– Porque es cómodo. Porque ya hemos hecho otras cosas por ella y creado cierto crédito emocional.

Su cinismo me había derrotado muchas veces, pero no estaba dispuesto a aceptar lo que me quería decir.

– ¿Entonces para vos el amor no es más que una necesidad fisiológica? – le pregunté.

– Sí, eso creo – me respondió y de repente me sentí tan enojado hacía ella que creí que iba a gritar, pero traté de controlarme y no dije nada –. Creo que las personas tenemos la necesidad de sentirnos queridos en algún sitio, de sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros, y entonces recurrimos al amor.

– ¿Pero qué tal si no me importa sentirme querido, o que pertenezco a algún lugar, o que formo parte de algo más grande que yo mismo? ¿Qué tal si simplemente quiero estar junto a ti como persona única en el mundo y eso me hace feliz? ¿Qué tiene eso de fisiológico? – le pregunté tratando de controlar mi mal humor.

Me miró a los ojos por unos segundos y poco a poco me fui sintiendo menos enojado. Ella se sentó en silenció y encendió otro cigarro. El sosiego entre nosotros se fue alargando hasta que la atmósfera de comodidad regresó.

– Ya lo sabía – me dijo.

– ¿El qué sabías ya?

– Que me amás – me contestó.

Me sentí muy cansado de repente así que me quedé callado, después de un momento ella continuó:

– Yo también te amo.

Apagó su colilla en el cenicero y empezó a vestirse. Sonreí mientras no me veía y pensé «Yo también ya lo sabía», pero no se lo dije, dejé que pensara que lo que acababa de decir tenía mucha trascendencia.

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