Estamos aquí

Estamos aquí

@StockSnap – pixabay.com

Estamos aquí y eso es lo que importa, ¿no? Estamos sentados el uno frente al otro, viéndonos sobre esta pequeña mesa, y hasta creo ser capaz de leer su mente. Creo que si me esfuerzo lo suficiente y me acerco solo un poco más voy a poder saber que es lo que la carcome y provoca este silencio, pero la verdad es que no puedo. Sea lo que sea que esté pasando ahora, no tengo forma de enterarme, a menos que ella salga de ese lugar en el que está encerrada y me lo diga.

La comida está fría ya, pero no importa, no creo que vayamos a comer de todas formas. Ella está haciendo el esfuerzo, y aprecio eso, pero veo que en realidad no tiene hambre. No importa, pido la cuenta y le digo que nos larguemos de aquí. Intenta sonreírme en forma de gratitud pero apenas reconozco la mueca que se tuerce en su boca. No es ella misma, y sabe que me doy cuenta, lo cual empeora las cosas. Quisiera poder arrancarle esa tensión, liberarla, pero no sé qué hacer.

Caminamos fuera de las tiendas y el silencio sigue ahí, haciéndose más y más tangible. Siento como un abismo se empieza a formar entre nosotros, como el puente que había se comienza a derrumbar. Quiero creer que es solo mi imaginación, pero se siente tan real que me asusto, y quiero estirar los brazos y acercarla a mí, evitar que el puente se destruya, pero no puedo, no puedo ni siquiera bromear como suelo hacerlo. El frío se está apoderando de mí y ahora siento la tristeza de sus movimientos como si fuera una tristeza que emana de mí y rebota en ella. Es como si este silencio fuera solo mío.

–Mirá ese vestido, se parece al que querías comprar la otra vez –y de verdad se parece, de hecho es posible que sea el mismo vestido, aunque es otra tienda.

Ella lo mira por unos segundos apreciando el parecido –Creo que es el mismo –me dice, y entra en la tienda.

Siento un poco de alivio con esta victoria momentánea, es la oración más larga que ha hecho desde que salimos de casa. Ambos entramos a la tienda y ella se dirige al perchero donde cuelga el vestido que le mostré. Lo toma y lo inspecciona.

–¿Queŕes probártelo? –estoy empujando mi suerte aquí, una cosa fue hacerla hablar, pero pedirle que haga algo quizá sea mucho.

Me clava la mirada mientras sostiene el vestido con ambas manos. Me siento tentado a dar un paso hacía atrás, es como si el efecto telepático que sentí mientras comíamos se hubiera revertido y ahora fuera ella la que pudiera escudriñar mi cabeza. Un miedo me invade el cuerpo, calculo cada movimiento como si la menor provocación pudiera causar una explosión. Me preparo para el impacto, aunque no estoy seguro de qué clase de impacto espero.

–No podemos pagarlo –me dice, y es cierto, normalmente no podríamos pagarlo, pero esta vez es diferente: Acabo de recibir un adelanto por mi novela y lo peor de los momentos austeros ya pasó. Recordar eso me ayuda a recobrar la confianza y le sonrió.

–Eso no es cierto. Ya recibí el adelanto –no era la manera en la que quería decírselo. Quería hacerlo mientras comíamos porque había escogido un lugar más elegante que los de costumbre, pero se me había escapado completamente de la mente al verla así.

Sonrió y yo recobro un poco de calor en el cuerpo –¡Qué excelente noticia, amor! –me abraza y me aferro a ella –. ¡Felicidades!

Pruebo suerte de nuevo y le pido que me modele el vestido. Lo duda por unos segundos pero acepta y entra a un probador. La espero sentado en uno de los sillones pub por lo que me parece una eternidad, pero cuando por fin sale es como si toda la sangre de mi cuerpo se concentrara de repente en mi cara y embozo una gran sonrisa.

–¡Te ves hermosa!

Se sonroja, pero sabe que es cierto, no es muy buena aceptando cumplidos, aún los míos, pero es capaz de apreciar su propia belleza. Se ve en el espejo y se perfila para examinarse completamente. Me levanto del pub y la abrazo por la espalda. Ambos vemos nuestro reflejo en el espejo ahora.

–Te queda perfecto –le digo.

–No es cierto, me queda un poco apretado.

–No me lo parece.

Se suelta de mis brazos y me mira, y veo que aunque su sonrisa es genuina, detrás de sus ojos sigue aquello por lo que ha estado distante. Y el frío vuelve, había pasado los minutos esperándola razonando en que debía de haber estado así de displicente por el dinero, seguramente demasiado preocupada por algo que había que pagar que no podía pensar en otra cosa, pero ahora sé que hay algo más.

Me besa y es un beso sincero y lleno de felicidad por mí. Así se siente al menos, como si ella no pudiera compartir esa felicidad. Pero este momento es de los dos, y quiero que ella esté consiente de eso. Yo sé perfectamente que estos últimos meses han sido difíciles, y que aunque ella aceptó al principio el que yo abandonara mi trabajo para poder terminar mi novela, tuvimos muchos problemas en el camino. Tantos que muchas veces pensé en abandonar la aspiración de un libro y regresar al trabajo, pero nos mantuvimos fuertes y ahora podemos disfrutarlo. Ella debe entender eso, este resultado es el fruto del esfuerzo de ambos.

–Vamos a comprarlo –le digo –. Compremos todos los vestidos, merecés verte así de hermosa siempre.

Se tira una carcajada fuerte y me pone una mano en el hombro -Pero entonces no serían regalos para mí si no que para vos. Vos serías el que me vería en todos los vestidos siempre.

–Con más razón, ¿no te parece? Yo también me lo merezco.

Asiente y entra al probador a quitarse el vestido. Me veo tentado a entrar con ella, pero no estoy seguro de cuales serían las implicaciones de tener sexo en una tienda del centro comercial. Me da risa siquiera imaginar una escena en la que nos descubrieran.

Sale con el vestido de nuevo en el gancho y me mira ya sin sonreír –Vámonos.

–¿Y el vestido?

–Muchas gracias, pero no lo quiero.

Quiero insistir pero veo que sería inútil. Ella pone el vestido de nuevo en la percha y sale de la tienda sin ver si yo la sigo o no. Me levanto sintiendo todo el peso de la situación en mis hombros. Ella amó ese vestido desde que lo vio. Me arrastro detrás de ella temiendo lo peor, asustado por lo que vaya a decir después, por lo que sea que esté pasando.

Ella me espera afuera, de espaldas a la tienda. Al alcanzarla la tomo de la mano y la vuelvo hacía mí. Está llorando. Nada demasiado escandaloso, simplemente un par de lágrimas que intenta detener con todas sus fuerzas.

–¿Qué pasa? –le pregunto, resignado.

–Estoy embarazada –exhala y por fin cede. Las lágrimas le llenan las mejillas y brillan bajo la luz del sol.

La abrazo, casi estrujándola entre mis brazos. Estoy tan aliviado que ni siquiera me detengo a pensar en que voy a ser padre. Estoy tan feliz que nada importa.

–Por eso no querés el vestido –razono –, porque dentro de poco ya no te va a quedar.

Ríe un poco y su risa suena húmeda.

–Amor, esto es una gran noticia –le susurro –. A lo mejor no estaba en nuestros planes, pero una vez el libro se publique no vamos a pasar tantos apuros, y además volveré a trabajar. ¡Esto es genial!

Se aferra fuerte a mí y yo pongo mi quijada sobre su cabeza, veo las tiendas y sonrío. Me dice algo en un hilo de voz tan fino que no puedo entenderla.

–¿Qué fue, mi vida?

Respira hondo y lo repite: –No es tuyo.

La explosión, y el impacto. La suelto un poco, temo poder quebrarla si la sigo aferrando como lo hago, y hundo mi cara en su pelo. Estalla en llanto. Esta vez sí es un escandalo completo, lágrimas, sollozos y mocos. Quiero decir algo pero no hay palabras. Quiero decir cualquier cosa pero cuando lo intento no tengo aire, y cuando alcanzo a abrir la boca lo que sale son solo sílabas sin sentido y casi inaudibles. Cierro la boca y lloro. Eso es lo único que hay dentro de mí.

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