El final del camino

Estoy acostumbrado a encerrarme en mí mismo, a negar mis sentimientos y hacer como que nada pasa. Siempre logro encontrar una nueva manera de entumecer mis sentidos. Pero la noche siempre llega. Al final, siempre, termino solo y sin más cosas con las que mantener mi cabeza adormecida. Cuando eso pasa no me queda otra salida que poner todo en el papel, como ahora, pero de alguna manera esta vez es diferente, porque sé que no he perdido nada más que una promesa. La promesa de algo excepcional. O quizá todo estuvo siempre en mi imaginación. No lo sé, pero me habría gustado quedarme lo suficiente como para obtener la respuesta.


 

El final del camino
Eran las once de la noche del sábado cuando llegó Ricardo con las láminas. No sabía muy bien qué esperar de su nuevo proveedor. Él nos había dicho buenas cosas sobre él, pero nosotros, en especial yo, no íbamos a hacernos niguna impresión de él hasta que hubieramos probado la mercancía que movía. A ver si era tan buena como Ricardo nos había hecho pensar.

Eran un total de 30 láminas, y lo más probable es que no fueramos a terminarlas ese día, pero no había prisa. Lo único que yo quería era encontrar una forma de olvidarme de todo por unas horas. Aún tenía pólvora en la mano, no me había preocupado por lavarme bien, simplemente usé jabón de olor y agua. Me temblaba un poco la mano derecha y quería que dejara de hacerlo. Quería pensar que había sido un trabajo más y que no tenía trascendencia, pero ese tic estaba delatando una realidad que me negaba a aceptar. Tomé una de las láminas y me la puse en la lengua.

Si la mercancía es buena, el efecto tarda solo unos minutos en empezar a hacer efecto, pero en este caso sentí que pasaron apenas unos segundos. Todo empezó a respirar de una manera familiar y me relajé en el sofá. Todos los demás se habían puesto una lámina también y podía ver como entraban en sus propios mundos mientras se estiraban sobre sí mismos y relajaban la mirada.

Fue cuestión de minutos antes de que cambiaramos nuestra selección de música. Pasamos de las canciones de rap habituales a música instrumental y clásica. Teníamos deseos de escuchar sonidos armónicos prolongados y yo en lo personal disfrutaba de escoger óperas, que de alguna manera le regresaban el sentido de la letra a la música sin lastimar esa armonía que habíamos alcanzado.

Empecé a pensar en Dios y en todo lo que podría significar. Todo lo que había significado ya y todas las veces que me había mentido a mí mismo para poder creer en Él. Hay muchas veredas que llevan a la depresión, esa era solo una de ellas, y cada vez que comienzo a caminar por una no hay vuelta atrás, mi mente esta programada para encontrar por sí misma el camino a casa.

Disparar el gatillo nunca es fácil, no porque tengás dudas al jalar, sino por todo lo que eso le hace tu mente después. Todo regresa siempre, normalmente en los sueños. Nunca olvidás las caras, por lo menos yo nunca lo hago. Sabía que esta vez en particular iba a ser más difícil, por eso no quería que llegara el momento de dormir. Quería que el periodo de negación que mi cerebro me estaba facilitando durara lo más posible. Porque este no había sido un trabajo normal aunque yo quisiera creer que así era. Lo había matado y se había sentido bien y se había sentido mal. Nada tenía orden ya. Toda la limpieza que siempre aprecié en mi trabajo se había esfumado. Había sido un trabajo sucio, muy sucio.

Cuando su nombre apareció en la pantalla de mi celular había sentido una paz interior que solamente he sentido ciertas veces después del sexo, por eso creí que podría hacerlo sin problemas y contesté rápidamente que aceptaba el trabajo y que completaran la transferencia del adelanto. El correo con los datos llego minutos después y fue entonces que el tic en mi mano comenzó.

Manejé durante dos horas para llegar al lugar. No me hizo falta ver la información el el correo, sabía muy bien hacía dónde iba. Este hombre me había formado para ser la persona capaz de llevar esto a cabo y me causaba gracia pensar que estábamos en lugares opuestos de la balanza este día. Por primera y última vez si dependía de mí.

Cuando llegué abrí la puerta con mi llave y me senté a cenar como habíamos acordado en la llamada que le había hecho horas antes. Él rió y yo reí también. Contamos las pocas historias divertidas de mi infancia tratando de encontrar una manera de terminar con todo bien. Él sabía que se había ganado esta visita. Sabía que esta era probablemente la primera vez que yo iba a su casa por mi voluntad. Quise ser un caballero y darle la oportunidad de defenderse, pero no quiso pelear conmigo. Intentó hacerlo él mismo para evitárme el desorden, pero hasta en el último momento le faltó el valor. Hasta en su último momento evitó tomar la responsabilidad de su vida y la mía. Saqué mi arma favorita y le puse una bala al cargador. Esa bala que llevaba años en mi gaveta y que por fin podría cumplir con su función.

Se sentó en su sillón favorito con un trago de whiskey en la mano y yo me senté a su lado con mi beretta en la mano. Quiso contarme por primera vez cómo conoció a mi madre, pero yo ya sabía esa historia; la había escuchado de ella muchas veces, la mayoría de veces entre sollozos y lágrimas de borrachera, así que no quería oírla de él. Le dije que lo quería porque me pareció una buena cosa que decir, pero no la sentía. Le puse la boca de la pistola en la sien y jalé el gatillo. La sangre se esparció por toda la pared y su cuerpo se inclinó sobre el brazo del sofá formando un arco enfermizo. Limpié la pistola para asegurarme de que no tuviera nada de mi ADN y se la puse en la mano y le apreté los dedos contra ella. Después de eso me fui sin verlo otra vez.

Y ahora estaba alucinando figuras en la pared verde y pensando en lo que había hecho. Pensando si ahora que él no estaba todo mi odio se había ido. Pensaba en que sentiría mi madre al enterarse de su muerte en las noticias. Pesaba en si ella creería que fui yo. Lo más probable es que lo sabría en cuanto mostraran el arma homicida en el noticiero de las cinco que ella nunca se perdía. Me preguntaba si me perdonaría.

Las sirenas empezaron a sonar a eso de las cuatro de la mañana. Me sorprendió lo rápido que se habían enterado y atado las conclusiones. Todos estaban dormidos ya. La láminas no estaban ni cerca de acabarse pero todos estábamos cansados. Salí a esperarlos afuera porque no queria que botaran la puerta de la casa y los incómodaran a todos. Cuando llegaron me alumbraron la cara con cuatro lámparas de mano y siguieron de largo. Botaron la puerta de unos vecinos de tres casa más abajo y entraron gritando y alumbrando. La confusión me duró varios segundos, pero al ver que ninguno me prestaba atención decidí entrar de nuevo a la casa. A lo mejor vendrían por mí después. O a lo mejor no lo harían nunca.

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