Coincidencias

CoincidenciasEstábamos sentados en el bar de siempre. Paola estaba sentada al otro lado de la mesa con una Golden en la mano. No había tocado el plato de bocas y yo no tenía ningún problema con eso porque tenía hambre. Recuerdo que no me sentía bien ese día. No me sentía mal tampoco, pero había algo en el aire que hacía que me costara respirarlo.

– ¿Será que nosotros mismos nos saboteamos de ser felices? ¿Será que en cuanto sentimos que es posible que encontremos algo que nos haga sonreír con más frecuencia, nos asustamos y hacemos todo lo posible por alejarnos? ¿Será que en el fondo todos queremos estar tristes?

– No sé – me contestó ella.

– Así me parece a mí – le dije. – No es posible que simplemente la caguemos tanto. No creo que todos seamos así de tontos.

– No todos la cagamos así – me dijo dolida.

– Sabés a lo que me refiero. No digo que sea siempre nuestra culpa. Pero siempre alguien la caga, y con lo fácil que se ve que debe ser ser feliz. ¿No te parece?

– No sé ve fácil, pero se ve bonito.

– Se ve fácil. Simplemente tenés que no cagarla. ¿Por qué la cagamos? Nosotros y los demás, aunque no siempre al mismo tiempo.

– Tal vez sí nos saboteamos, quién sabe.

Le tomé un sorbo a mi cerveza y me di cuenta de que la conversación se estaba yendo por temas negativos y que si no teníamos cuidado los dos íbamos a acabar deprimidos. Me recosté en la silla y encendí un cigarro.

– Siento que me marchito. Y no es que no conozca a nadie inteligente, porque conozco a muchas mujeres más inteligentes que yo, pero no he encontrado a esa mujer aún.

– ¿Cómo tiene que ser la mujer que querés encontrar? Digo, además de inteligente.

– Creo que después de todo no estoy buscando a una mujer inteligente. Solo quiero a una mujer que sienta como yo. Una mujer que se esté marchitando. Así nos ayudamos a no marchitarnos. Y cuando ya no podamos hacer nada para evitarlo, nos sentamos a marchitarnos juntos.

– Ya ves que sí sos un romántico. No lo podés evitar.

– Soy un romántico hasta que me enamoro – me reí.

– Sos un romántico y punto.

Ni siquiera recuerdo que fue lo que intenté decir entonces. Solo recuerdo que levanté mi mano derecha para enfatizar algún punto y alguien me pasó empujando el cigarro de la mano con el cuerpo. Mi primera reacción fue verme la mano. Luego vi a la persona justo en el punto que el cigarro debió de pegar para asegurarme que no se hubiera quemado. Era una chica. Llevaba un vestido blanco con flores azules y por suerte estaba intacto. Le sonreí como un idiota y ella también me sonrió, pero no se disculpó.

Siguió caminando y yo me quedé ahí con la mano un poco en el aire todavía. Caminó unas cuantas mesas más y se sentó con otra chica. Estaban tomando tragos de esos que te preparan con licor de colores y se empezaron a reír de lo que había pasado. O al menos de eso me imaginé yo que se reían.

– Hablale – me dijo Paola.

– ¿Cómo?

– Que vayás y le hablés.

– ¿Y qué le voy a decir?

– No sé, cualquier tontera. Decile que te compre otro cigarro.

– ¿Cómo le voy a pedir un cigarro?

– ¿Le querés hablar o no le querés hablar?

– Sí, la verdad sí.

– Entonces andá. Tanta plática sobre mujeres y nada de acción. Vaya movete.

Me levanté con el corazón latiéndome fuerte. Ella tenía razón. De qué servía que hablara y hablara sobre mujeres y sobre la indicada y todas las demás, si ante un momento de clic real, de esos clics que no podés ignorar, me quedaba ahí sentado sin hacer nada. Caminé los 10 pasos que nos separaban tratando de mantener una sonrisa casual. Una sonrisa desusada, pero que había desempolvado para la ocasión.

– Lo siento, no las quiero interrumpir. Solo quería disculparme por quemarte.

Instintivamente ella se vio el costado del vestido, y yo la vi también. Su amiga me vio inquisitívamente al hacerlo así que levanté la mirada de nuevo y mantuve la sonrisa.

– No se quemó – me dijo aliviada.

– Igual lo siento, no debí de extender el brazo así. Dejá que te invite a algo. A las dos – me corregí.

Ella me vio fijamente, abrió un poco los labios y después se quedó en silencio por unos segundos. Sonrió y volvió a ver a su amiga.

– Está bien – me contestó ella. – Estamos bebiendo cosmos.

– Perfecto – le contesté y llamé al camarero. – Hágame el favor de traerle dos cosmos a las señoritas.

– Con gusto.

– A mí cuenta.

– Entendido.

El camarero se fue y nos dejó a los tres en silencio. Antes de que se formara un silencio incómodo y perdiera la buena impresión que – al menos eso pensaba yo – estaba haciendo, me despedí de las dos y me disculpé de nuevo.

Regresé a la mesa con una sonrisa de tonto que me costó quitarme antes de volverme a sentar.

– ¿Qué le dijiste?

– Nada. Solo me disculpé por quemarla y las invité a un trago.

– ¿Te disculpaste?, ¿pero por qué?, si ella fue la que te botó el cigarro.

– ¿Cómo así?

– Hay lindo, sí estás ciego. Ella tenía espacio para pasar, y vos no estiraste tanto el brazo, ella se acercó a la mesa para rozarte.

– ¿En serio?

– Sí. ¿Vos creés que te habría mandado a hablarle si no hubiera visto que le gustaste?

¿Y entonces?, pensé, ¿Qué se hace en estos casos?

– Hagamos algo – me dijo como leyéndome la mente. – Voy a escribir tú número en esta servilleta. Voy a llamar al camarero y que ella vea que yo le doy la nota. Así va a saber que no somos nada. Aunque no se ve que le haya importado que yo estuviera aquí la verdad – se rió, – y que él se la lleve. Si te llama o te mensajea, ya vos sabrás que hacer y qué decir. ¿Te parece?

Estaba a punto de decir que sí cuando el estómago me dio un vuelco. Las dos habían apurado los cosmos de dos tragos y se estaban levantando de la mesa. La amiga llamó al camarero y él les llevo la cuenta. Ella le dio el dinero y salieron por la puerta en menos tiempo del que me tomó enfilar un pensamiento después del otro.

– ¿Qué pasa? – me preguntó Paola.

– Se fueron.

– ¿Qué?

– Sí, acaban de salir.

– Bueno, mala suerte.

– Sí, mala suerte…

Bebimos un par de cervezas más y aunque al principio pensé que lo que pasó me iba a bajonear, de hecho la pasé mejor. No tocamos temas deprimentes por lo que quedó de la noche y al momento de irnos incluso le di propina al mesero antes de levantarme de la mesa.

– Ah, disculpe caballero.

– ¿Sí?

– La señorita de la mesa de la esquina me dio esto para usted.

El mesero me entregó una servilleta doblada. La abrí y era su número de teléfono. Ocho números en tinta negra que me sacaron otra sonrisa de tonto de manera instantánea y junto a ellos, subrayado, el nombre: Lisbeth. La sonrisa no cabía en la cara de Paola al ver la sonrisa en la mía.

– Callate – le dije antes de salir por la puerta.

– No he dicho nada. Mejor guardate el número que está lloviendo afuera.

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