Agorafobia

AgorafobiaEstá sentado en su cama escuchando música en su mp3. Lleva el ritmo con el pie derecho y mueve la cabeza lentamente, casi en trance. Tiene los parpados cerrados y las manos apretadas en puños. Está pensando en ella, pero lo que piensa está bastante lejos de ser lindo. Lo que siente no son mariposas.

Siente cómo la bilis sube por su garganta y le entran ganas de vomitar y por un momento cree que lo va a hacer, pero se detiene. Las nauseas pasan. Toma la cajetilla que ha dejado sobre la mesa de noche y enciende otro cigarro. Le toma tres intentos poderlo encender pero se lo lleva a la boca y jala una bocanada profunda. Cambia la canción y trata de pensar en algo más, pero no puede. Siempre que pasa piensa en ella. Lo lleva haciendo por semanas, y aunque lo intente, no puede hacerse pensar en otra cosa.

Sabe muy bien a dónde lo lleva este proceso. Lo ha seguido cientos de veces. Sabe que dentro de poco va a comenzar la transformación. Desea que hubiera vodka en la casa, pero sabe que todas las botellas están vacías. Se conforma con ahogarse en el humo del cigarro y subirle el volumen a la música. Recuesta la cabeza en la almohada y espera a que todo empiece.

El dolor siempre comienza en la mano izquierda – no entiende por qué, pero hace mucho que dejo de preguntárselo –, pero se pasa el cigarro a la mano derecha en lugar de ponerlo sobre el cenicero. De todos modos, el cubrecama ya está arruinado de todas las veces que le ha dejado caer la ceniza. Aprieta los dientes mientras sus dedos empiezan a transformarse. El dolor de los huesos mutando y su piel estirándose casi lo lleva al borde de gritar, pero se controla. Respira hondo y aguanta, como siempre lo ha hecho. Alcanza a darle un último jalón al cigarro antes de que su mano derecha empiece a cambiar. El cigarro le cae en el pecho y lo quemá, pero no es nada comparado con el dolor en su mano así que lo deja. Además, sabe que va a curarse en unos segundos. Solo tiene que resistir.

Cuando el proceso termina, se queda echado en la cama jadeando. Después de que se transforma todo se siente mejor. Todo es mejor. Levanta la cabeza y ve la puerta, está abierta. Se lamenta por ese error de novato. Ya sabía que iba a pasar hoy, tenía que haber tomado las precauciones debidas. Teme, porque sabe que dentro de poco va a venir el hambre.

Trata de pararse a intentar cerrarla, pero no puede. Está demasiado cansado. Se mueve solo un poco e intenta caer de la cama, pero no logra llegar siquiera a la orilla. Siente los ojos pesados e intenta mantenerse despierto a toda costa. Tiene que hacerlo ahora que él aún tiene el control. Se queda dormido.

Cuando se despierta ya está hambriento. No necesita verse en un espejo para saber que tiene los ojos inyectados de sangre. Olfatea. Hay comida cerca. De poder sonreír en ese estado lo haría, pero se conforma con ponerse de pie y estirarse. Sale de la habitación y se sacude. Pocos de pelo caen alrededor suyo y se alarma; no es normal que se le caíga el pelo. No recuerda cuánto tiempo lleva sin una comida propiamente dicha.

Sabe que la puerta principal está cerrada, pero siempre ha podido salir por el patio. Se detiene un momento para escuchar los ruidos en la casa. Todos respiran profundamente así que está seguro de que están dormidos. Odiaría encontrarselos en este estado. Sale al patio, salta a la pila y luego al muro. Le toma dos saltos más llegar a la calle. Una vez ahí olfatea de nuevo. Lo peculiar de su hambre es que siempre parece ser muy específica. Es probable que decida quién es su presa desde mucho antes de cambiar. En este caso se da cuenta de que su presa está mucho más lejos de lo que pensaba y piensa en ignorarlo y comer lo primero que encuentre – igual, el hambre es tan fuerte que puede comer lo que quiera –, pero este olor es demasiado apetitoso como para dejarlo pasar. Lo llama.

Echa a correr a toda velocidad y todos los perros en las cercanías comienzan a ladrar. Él gruñe para que lo escuchen y estos se callan. Sigue corriendo y en lugar de ir por los callejones que normalmente corre, se decide a correr sin cuidado por las calles principales. Es bastante tarde ya, y es muy probable que nadie cuerdo siga despierto.

En el trayecto solo se encuentra con un grupo de bolos que estaban sentados en una cuneta. Se detiene frente a ellos hasta que uno de ellos se santigua, entonces sigue con su camino. No tenía ninguna intención de comerselos a ellos – deben saber horrible –, pero siempre le ha parecido divertido avivar las superticiones de los locos y los ebrios. Si tiene que hacer esto una vez al mes al menos va a intentar divertirse un poco.

Llega a la casa antes de darse cuenta de dónde está. Intenta detenerse pero el deseo es más fuerte. Sabe cómo entrar aquí también. La única diferencia es que ahora el muro tiene enrollado alambre de razor sobre él. Aún así la experiencia de tantas veces que entro a esta casa lo mueve y da dos saltos sobre el árbol en el jardín de enfrente y uno sobre el muro. Cuando cae al otro lado se da cuenta de que se lastimó las almohadillas sobre el alambre, así que se queda parado sobre la tierra, esperando a que drene la sangre y se le cierren las heridas. Ocupa ese tiempo para convencerse de irse de ahí, de dar la vuelta y regresar. Incluso apoya la idea de buscar comida más tierna y fresca en otro lugar, pero al mismo tiempo no quiere escuchar nada de eso. “La comida está aquí” Le contesta el lobo, “no hay por qué ir a otro lugar”.

Intenta ahullar para alertarlos, pero no puede. No puede contra sí mismo. Empieza a andar hacía la puerta y se sorprende un poco de encontrarla abierta. Trata de convencerse de que debe ser la costumbre. El alambre no estaría ahí de ser por otra cosa. La sala está impecable. No recordaba que el lugar hubiera estado así de ordenado alguna vez. Es la segunda puerta a la derecha. Siempre esa. Ha entrado en esta forma a esta casa en el pasado, normalmente buscando refugio, pero sin importar qué tan lastimado estuviera, ninguna vez había experimentado más dolor que esta.

La puerta cede ante la presión de su ocico. De nuevo intenta convencerse de que es por la costumbre, pero sabe que no es así, esta puerta está abierta en caso de que él necesite un lugar donde esconderse. Hace un último intento de parar. Quiere creer que a lo mejor puede echarse al lado de la cama e intentar dormir. Se esfuerza y se echa, pero el hambre lo perfora por dentro. Cierra los ojos y piensa en todas las razones por las que no debe hacerlo, luego piensa en todas las razones por las que no quiere hacerlo, y comienza a adormitarse.

Ella se despierta y abre los ojos. Él se ha subido a la cama de un salto y ahora está en cuatro patas frente a ella. Lo ve primero con sorpresa, después con cierta alegría cuando lo reconoce y por último con duda al darse cuenta de cómo la ve. El está mostrándole los colmillos y gruñendo suavemente. Quiere dejar de hacerlo. Quiere cerrar el ocico y bajarse de la cama pero es imposible. Ella lo entiende también y su mirada de duda da paso a una mirada de terror. Él toma impulso sobre sus patas traseras y salta sobre ella, incándole los colmillos en el abdomen. Los músculos se dasgarran y parecen algodón en su boca. La piel se arranca a tirones y se le mete entre los dientes.

Ella grita, pero el sonido le parece extraño. Primero está cerca y luego se aleja hasta que deja de escucharlo. Luego se da cuenta de que no hay sangre, y por último se despierta. Abre los ojos y ve que aún sigue en su cuarto. Lo peor ha pasado ya y ha vuelto a ser humano. Se sienta asustado y se revisa el cuerpo en busca de rasguños y marcas de sangre pero no las encuentra. Ve la puerta, está cerrada. Todo apunta que en realidad no ha salido, pero el olor, lo siente cerca, lo siente en su piel.

Toma su celular y marca el número que había jurado no marcar. Ella contesta adormitada, pero bien. Es obvio que no ha visto el número antes de contestar o que ya lo ha borrado de sus contactos, porque es la primera vez que le contesta. Al menos está viva, así que cuelga el celular sin decir nada y lo tira en la cama. Se levanta a ponerse ropa y se permite sonreír ante otra luna sin incidentes. Tiene que premiarse por esta, aunque no está seguro de por qué. Sale a la calle a comprar un poco de carne cruda. Aún después de volver a la normalidad el hambre tarda un par de días en irse del todo. Mientras, en su cama, su celular vibra. Ella le está devolviendo la llamada para preguntarle por qué llegó a dormir a su casa y se fue antes de que amaneciera, aún como lobo.

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